El Príncipe Negro (Continuación)

En el fragor de la batalla, una luz se iluminó a través del yelmo de Eduardo: ¡Es el rey de Francia! ¡y su hijo! ¡El destino así lo quiere!

Eduardo avanzó rápidamente hacia él…

El fragor de Poitiers

El rey Juan II al ver una sombra oscura acercarse hacia él, instintivamente lanzó un mandoble hacia ella. Eduardo antepuso su escudo para interceptar el golpe. Del propio impacto el escudo quedó mellado y Eduardo retrocedió. Al punto, el delfín Felipe de Francia lanzó un duro contraataque al flanco débil de Eduardo, este se sobrepusó interponiendo el maltrecho escudo.

Eduardo cayó al suelo. En ese momento el rey Juan asestó un mandoble con toda su fuerza, Eduardo rodó evitando el golpe en el último segundo. Tras ello, lanzó una estocada certera a las piernas del delfín Felipe que perdió la verticalidad con estrépito.

El rey Juan corrió a auxiliar a su joven hijo… Momento en el cuál Eduardo aprovechó para derribar a su oponente con el mango de su espada.

¡El rey de Francia y su hijo habían caído!

¡El príncipe Eduardo había salido victorioso de una heróica batalla!

La magnanimidad del héroe

Con sus dos rivales derribados, en el suelo su ejército empuñó las armas en señal de victoria. Un soldado que seguía batallando al ver a dos rivales golpeados en el suelo corrió para dar muerte a sus enemigos.

Eduardo, al percatarse de la situación, corrió hacia su soldado con presteza y se lanzó como un felino contra él. Pudo evitar el golpe de gracia en el último suspiro sobre sus regios enemigos.

Eduardo alzó la voz sobre sus huestes:
¡El rey Juan el Bueno y su hijo Felipe son mis prisioneros y cualquiera que intente poner la mano sobre ellos será ejecutado con dureza! ¡Tratadlos como huéspedes como si fuera yo mismo en persona!

Una vida de batallaje

Tras ganar el respeto y la admiración tanto de sus amigos como sus enemigos Eduardo envió a sus prisioneros hacia Inglaterra. Él continuó una vida de caballería defendiendo los intereses del Reino en diferentes batallas en la que cabe destacar la de Reims. Tras aquella ocasión su padre el rey Eduardo III lo nombró duque y lugarteniente de Guyena y Aquitania.

La enfermedad

Posteriormente se traslada a Castilla, por la franca amistad que le unía al rey Pedro I y juntos luchan contra Enrique de Trastámara, aliado de Carlos V de Francia. En dicha guerra sus fuerzas vencen en la batalla de Nájera en 1367. Salvó a Pedro el Cruel de un golpe, confirmando así la dedicación castellana a la causa del Príncipe. Luego Pedro I entró en constantes desavenencias y toda una serie de acciones en contra de su amigo el Príncipe Negro, a causa de no pagarle lo acordado por prestarle ayuda armada, por lo que éste decide abandonar Castilla, dejando solo a Pedro I en la lucha hegemónica.

El final

A consecuencia de estas batallas castellanas, el Príncipe Negro junto con todo su ejército caen gravemente enfermos de disenteria, pero él con su halo de invencibilidad fue sobrellevando la enfermedad y regresó a Inglaterra.

Allí murió junto a su esposa la condesa de Kent y sus hijos 10 años después cercano el año del Señor 1376 a los 45 años de edad.

El comienzo de la leyenda

Como se acaba de decir, Eduardo falleció en el palacio de Westminster el 8 de junio de 1376, a los 45 años de edad. Pidió ser enterrado en la cripta de la catedral de Canterbury, más que cerca del santuario , y se preparó una capilla allí para él y su esposa Juana, condesa de Kent. 

La leyenda del Príncipe Negro acababa de comenzar, y así cantaba el juglar medieval sobre él:

Tal como tú eres, un día fui yo.
Tal como yo soy, algún día serás tú.
Poco pensé en la hora de mi Muerte
Mientras me quedaba aliento.
En la tierra poseí grandes riquezas
Tierras, casas, grandes tesoros, caballos, dinero y oro.
Ahora, un miserable cautivo soy,
Aquí yazgo bajo tierra.
Mi gran belleza, toda ella se marchitó.
Mi carne hasta el hueso se consumió.

Such as I am, such shalt thou be.
I thought little on th’our of Death
So long as I enjoyed breath.
On earth I had great riches
Land, houses, great treasure, horses, money and gold.
But now a wretched captive am I,
Deep in the ground, lo here I lie.
My beauty great, is all quite gone,
My flesh is wasted to the bone

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