El Príncipe Negro

«El Príncipe Negro» es una historia caballeresca entre dos señores feudales cuyo honor les llevó a enfrentarse en singular combate.

Eduardo de Woodstock

Eduardo había soñado durante su corta vida con emprender grandes gestas y poder defender el honor de su reino contra los enemigos que acechaban para usurpar la hegemonía inglesa.

Más bien, soñaba con ser un caballero y poder correr aventuras como Cretièn de Troyes en busca del grial o Don Pelayo, resistiendo sin desánimo. Soñaba con ser un caballero justo y cortés en las victorias y humilde en las derrotas. En pleno siglo XIV, él aparecía como faro de unos ideales que pronto caerían en decadencia y olvido.

Si una cosa vanagloriaba su alma, era poder lucir y cuidar su armadura militar que había sido bellamente forjada por encargo de su padre el rey Eduardo III de Inglaterra. Esta armadura tenía una peculiaridad esencial: su color negro azabache. El solo hecho de mirarla hacia estremecer a sus enemigos dándole un porte regio inigualable.

El Príncipe Negro

¡El Príncipe Negro! ¡El Príncipe Negro! Se recordaba a sí mismo portando la espada en alto, mientras su compañía jaleaba sin parar su bélico apelativo. No podía nada más que esbozar una tímida sonrisa cada vez que se veía enfundándose tan galán y noble atuendo.

Su vida de caballería

Recordaba su ya extenso historial caballeresco pese a su corta edad:

Intervino en la campaña de Flandes de 1345 en el frente septentrional, que tuvo escasa relevancia y acabó después de tres semanas cuando uno de los aliados de Eduardo, Jacob van Artevelde, anterior cervecero y eventual gobernador de Flandes, fue asesinado por sus propios ciudadanos.

Mostró su bravura a los 16 años en la Batalla de Crécy, que debilitó al ejército francés durante diez años, permitiendo el asedio de Calais con poca resistencia antes de que estallara la plaga. Incluso cuando el ejército de Francia se recuperó, las fuerzas que desplegaron eran alrededor de la cuarta parte de la que tuvieron en Crécy.

Además, participó de forma arriesgada y decidida contra los franceses durante la Guerra de los Cien Años. Intervino en el sitio de Calais, durante el cual los habitantes se vieron obligados a comer perros y ratas.​ El asedio dio lugar al control de los ingleses sobre el norte de Francia antes de la paz temporal debida a la peste negra.

También estuvo en «Les Espagnols sur Mer» o la batalla de Winchelsea en aguas del canal de La Mancha donde la flota inglesa derrotó a la flota castellana.

Realizó una gran incursión en el año 1355 por toda la región de Aquitania-Languedoc, que dañó el sur de Francia económicamente, y provocó el resentimiendo de los campesinos franceses con la corona Francesa. Las campañas por Aquitania le dieron un control más firme sobre la región, mucha tierra de la que obtener recursos y personas con las que poder luchar por el rey Eduardo III.

El alma de un héroe

Eduardo no podía dejar de mirar al ejército de 7000 hombres que iba a comandar contra el enemigo francés. Las tropas estaban envalentonadas por el aura de invencibilidad de su caudillo. Eduardo lo sabía; dentro de su tienda miraba extasiado al instrumento de su leyenda: su armadura negra.

Los nervios recorrían su alma. Sabía que su hora llegaba, el momento de los héroes estaba cerca. Rezaba dentro de su tienda a Dios para que protegiera su empresa. Su destino se acercaba. Pese a su experiencia militar, siempre que tenía que entrar en batalla, surgía en él ese respeto reverencial hacia ella.

Esa humildad suya trataba cada aspecto de la futura batalla como si fuera la primera a la que se fuera a enfrentar. Se imaginaba avanzar hacia el enemigo, pensaba en la orografía del terreno, colocaba mentalmente cada batallón estratégicamente y se veía jalear a los suyos para no caer en desánimo ni desolación…

La batalla

Poitiers, hermosa ciudad francesa, pero ahora Eduardo, solo veía caballería pesada a un lado y al otro. Miles de lanzas al aire y el pendón francés siempre ondeando al viento.

Eduardo, miro a sus caballeros y soldados, todos concentrados en él como si el tiempo se hubiera parado. Entonces, un grito rompió el silencio: ¡El príncipe negro! ¡Por Inglaterra! ¡Por el Rey! ¡El príncipe negro!

Se sorprendió a sí mismo. Ese grito había salido de él, pero no era él, era el guerrero que llevaba dentro.
Y la batalla comenzó…

El duelo

En el fragor de la batalla, una luz se iluminó a través del yelmo de Eduardo: ¡Es el rey de Francia! ¡y su hijo! ¡El destino así lo quiere!

Eduardo avanzó rápidamente hacia él…

El rey Juan II al ver una sombra oscura acercarse hacia él, instintivamente lanzó un mandoble hacia ella. Eduardo antepuso su escudo para interceptar el golpe. Los dos caballeros se miraron a los ojos. El duelo de destinos entre caballeros de muy alto linaje acababa de empezar…

El príncipe negro y Juan II
El príncipe negro y Juan II de Francia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *